Seguro que no pasa nada


Publicado en el Diari de Tarragona el 30 de mayo de 2021


Uno de los muchos efectos que ha traído consigo el prolongado confinamiento del último año ha sido un significativo auge del turismo de naturaleza. Millones de europeos, especialmente los residentes en entornos urbanos, se están decantando últimamente por reencontrarse con el campo y la montaña, en detrimento de las tradicionales visitas a grandes capitales como Londres, París o Roma. Una de las regiones de montaña más bellas del viejo continente se encuentra al norte de Italia, con unos idílicos paisajes alpinos que se extienden desde la frontera francesa hasta la austríaca.

Fueron muchos los visitantes que acudieron el pasado fin de semana al teleférico que une la ciudad piamontesa de Stresa con la cima de la montaña Mottarone, a través de la estación intermedia de Alpino. El entorno es espectacular, cerca del Lago Maggiore, en la provincia de Verbano-Cusio-Ossola. Tras un largo período de inactividad, como consecuencia de las restricciones derivadas de la pandemia, esta atracción turística había reabierto sus puertas el pasado 26 de abril, reduciendo el aforo por cabina de los 40 pasajeros habituales a un máximo de 15.

El grupo que tomó el teleférico a media mañana del domingo estaba formado por ocho ciudadanos italianos, seis israelíes y uno iraní, que habían comprado sus pasajes con el objetivo de disfrutar de las incomparables vistas que ofrece el lugar. Esta privilegiada línea fue construida en 1970 sobre la ruta de un antiguo ferrocarril, aunque había sido totalmente renovada en 2002 y 2014. La instalación se diseñó con un cableado doble: uno fijo, más grueso, sobre el que discurre el carro del que penden las cabinas; y otro de tracción, más fino, que las arrastra hasta la cumbre de la montaña. En caso de rotura del segundo tendido, un sistema de frenado automático detendría el aparato.

Lamentablemente, cuando apenas quedaban unos metros para alcanzar la estación de llegada, el cable de arrastre se rompió. Y, contra todo pronóstico, el mecanismo de freno automático no funcionó. La cabina descendió súbitamente hacia el valle a más de cien kilómetros por hora, hasta que terminó desprendiéndose del cable de sujeción, tras chocar con uno de los pilares que sustenta la línea. El receptáculo voló más de cincuenta metros hasta estamparse contra el suelo, donde siguió rodando hasta detenerse junto a unos árboles. Trece personas murieron al instante, y dos niños resultaron gravemente heridos. Fueron trasladados en avión a un hospital pediátrico de Turín, donde falleció uno de ellos, que contaba nueve años de edad. El otro, de cinco, conserva todavía un hilo de vida. Aunque sobreviva, Eitan Biran habrá perdido en el accidente a su hermano, a sus padres y a dos de sus bisabuelos.

Con el paso de los días, la desolación provocada por la noticia se tornó en indignación, al conocerse que la tragedia no había sido fruto de un fatal imprevisto, sino consecuencia de una negligencia perfectamente consciente. La fiscalía de Verbania notificó el miércoles que había detenido a Luigi Nerini, propietario de la empresa ‘Ferrovie del Mottarone’, así como al director y al jefe de operaciones. Según informó la fiscal jefe, Olimpia Bossi, los arrestados reconocieron que “habían estado al tanto del fallo en el sistema de frenos de seguridad durante semanas". Sin embargo, la reparación del mecanismo habría supuesto un gasto importante y un significativo retraso en la puesta en marcha de la línea, por lo que decidieron desactivarlo. Los detenidos han sido formalmente acusados por el homicidio de las catorce víctimas.

No tengo la menor duda de que estos tres directivos jamás imaginaron las consecuencias de su descabellada decisión. En efecto, los accidentes de teleférico son sumamente extraños, y apuesto a que todos ellos dormían a pierna suelta, convencidos de que no pasaría nada. Pero pasó. Vaya que si pasó. La rotura de un grueso cable de acero constituye una eventualidad extraordinaria, pero la mayoría de sistemas de emergencia están precisamente diseñados para afrontar amenazas improbables, pero que suponen un riesgo hipotético que se considera inasumible, como la posibilidad de segar vidas humanas.

Casualmente, un día después de conocer la letal imprudencia cometida por los gestores del teleférico piamontés, las páginas de este mismo diario informaron sobre el estado de las nuevas inversiones en nuestro territorio en materia de seguridad petroquímica. Efectivamente, a raíz del accidente mortal en la planta de Iqoxe, acaecido hace casi un año y medio, los responsables del Procicat desarrollaron y aprobaron una actualización del Pla d’Emergència Exterior del Sector Químic de Tarragona (Plaseqta). Este documento se enmarca en una nueva dinámica basada en la implementación de medidas más estrictas para la mejora de la seguridad de los trabajadores del sector y la ciudadanía: salas de control bunkerizadas o externas a las plantas, registros remotos con sistemas de copias de seguridad, mayor fiscalización de las condiciones laborales, elementos de detección automáticos con sensores perimetrales, sistemas de aviso anticipados mediante drones de última generación, etc. Para poner en marcha estas iniciativas, el expresident Quim Torra prometió a los alcaldes de la zona una inversión de 7 millones de euros, que todavía nadie ha visto.

Como en el caso transalpino, estoy convencido de que la mayoría de nuestras autoridades duermen a pierna suelta, confiando en los sistemas aplicados hasta la fecha y en la divina providencia. Ciertamente, desde una perspectiva estadística, un accidente grave en un polígono químico suele ser improbable. El problema es que, en materia de seguridad, nunca pasa nada… hasta que pasa. Y entonces nos preguntaremos cómo fue posible que todos permaneciéramos cruzados de brazos mientras la Generalitat no invertía en los sistemas de seguridad que prometió. No aprendemos.

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