El año que vivimos peligrosamente


Publicado en el Diari de Tarragona el 27 de diciembre de 2020


Dentro de dos o tres décadas, cuando nos pregunten por 1993, 1998, 2005 o 2013, es probable que no seamos capaces de vincular esos años con ningún recuerdo concreto grabado en nuestra mente. Ahora bien, si nos nombran 2020, no cabe la menor duda de que podremos rememorar, con pelos y señales, infinidad de situaciones, imágenes, sonidos y sentimientos: el desconcierto de las primeras semanas de pandemia, la lenta concienciación sobre el hecho de estar protagonizando un extraño y letal episodio histórico, la incredulidad al ver cómo la vida que conocíamos desaparecía de un plumazo ante nuestros ojos, la necesaria adaptación a un encierro agobiante y antinatural, las dificultades para mantener activas nuestras relaciones familiares y de amistad, el goteo de noticias sobre allegados que habían sido infectados por el virus o golpeados profesionalmente por sus efectos económicos, los emocionados y merecidos aplausos diarios al colectivo sanitario, la deprimente estampa de las calles semivacías en pleno día, los temerosos paseos con radio máximo de alejamiento, los rígidos protocolos iniciales para comprar una simple barra de pan, la omnipresente mascarilla esperándonos siempre en el recibidor, la asfixiante sensación de estar respirando continuamente un aire ya respirado… Asombra la naturalidad con la que hemos asumido una época repentinamente absurda, vista con nuestros ojos del pasado enero. La capacidad de adaptación del ser humano es asombrosa.

Sin embargo, al margen de las sensaciones que ya teníamos relativamente interiorizadas en nuestras rutinas previas a la pandemia (la sorpresa, la duda, la gratitud, la frustración, la soledad) se ha añadido un sentimiento poco frecuente que ha terminado convertido en protagonista de estos últimos meses: el miedo. En efecto, como en la película de Peter Weir, estamos cerrando un año en el que hemos vivido peligrosamente, porque han sido muchas las realidades materiales e inmateriales que han podido desaparecer, o las que lo han hecho definitivamente: hemos sentido miedo a perder a nuestros seres queridos, a perder nuestra propia vida, a perder la salud por las secuelas de la enfermedad, a perder nuestro puesto de trabajo, a perder el privilegio de vivir en una sociedad con un nivel razonable de prosperidad y seguridad, a perder esos pequeños y sencillos placeres que hacen nuestra existencia más llevadera… Pese a todo, estos sentimientos han tenido su reverso positivo, que probablemente consiste en ser mucho más conscientes de lo que nos rodea, en un triple sentido.

Para empezar, es posible que nunca hayamos disfrutado de una percepción tan clara sobre todo lo bueno que tenemos a nuestro alrededor, cuya existencia tendíamos a presuponer. Por ejemplo, jamás hemos apreciado de forma tan nítida nuestra fortuna por conservar vivas a las personas de nuestro entorno, y nunca nos hemos alegrado tanto por poder tomar un simple café con un amigo. Salvando a las personas que jamás aprenden nada (que lamentablemente no son pocas), parece evidente que la gran mayoría de ciudadanos valoramos y agradecemos estas realidades de forma mucho más intensa que hace un año.

En segundo lugar, también somos más conscientes de la trascendencia vital de la profesionalidad, de la honestidad intelectual y de la rigurosidad. Y también hemos constatado el cuestionable valor -incluso el peligro- que tienen la retórica, la ideología, la propaganda y la política con minúscula. Repetir hasta la saciedad que teníamos la mejor sanidad del planeta no sirvió para impedir la muerte evitable de miles de personas… porque no era cierto que tuviésemos ese envidiable sistema (y no por culpa del colectivo sanitario, sino por la negligencia de sus ineptos mandos políticos). Insistir en que las pautas de actuación serían definidas objetivamente por un comité independiente de expertos tampoco sirvió para impedir los disparates estratégicos que se han sucedido durante las diferentes fases de la pandemia… porque no era cierto que dicho órgano existiese (aunque, de forma inexplicable, el descubrimiento de esta gran mentira no haya tenido la menor consecuencia, lo que apunta el lamentable nivel de autoexigencia de nuestra democracia). Alternar un modelo centralizado y descentralizado de gestión tampoco sirvió para evitar que nos situásemos en uno de los peores puestos mundiales en las cifras de contagios y fallecimientos porcentuales… porque el fondo de este debate no era técnico sino puramente tacticista (la mayoría de las administraciones tomaron una postura o su contraria dependiendo de quién estuviese al otro lado de la mesa negociadora, y de acuerdo con los efectos de esta decisión sobre su popularidad y la de sus principales adversarios electorales). En definitiva, el reto inaudito que hemos debido afrontar colectivamente este año ha permitido demostrar que la paupérrima calidad profesional y moral de nuestra clase dirigente es uno de los principales problemas que deberán ser afrontados en los tiempos de cambio que tenemos por delante.

Y, por último, ha quedado evidenciado que las situaciones críticas permiten descubrir lo auténticamente verdadero que suele permanecer difuminado en condiciones normales: cuando baja la marea se comprueba quién está desnudo. Y así, por ejemplo, hemos constatado el valor de la familia y de los buenos amigos, y paralelamente hemos podido decepcionarnos con el comportamiento de determinadas personas u organizaciones. La próxima vez que escuche las excelencias de la Europa unida, responderé que, en un momento idóneo para coger el timón continental, las habitualmente omnipresentes autoridades comunitarias desaparecieron de la escena durante semanas de forma bochornosa. Sálvese quien pueda.

Todavía estamos muy lejos de superar esta crisis sanitaria y económica. Aun así, afortunadamente, ya hemos dejado atrás los inquietantes momentos de desconcierto inicial, y los meses en que nos angustiaba la aparente ausencia de rumbo colectivo. Aunque también será complicado, sin duda, el próximo 1 de enero comenzará el año de la remontada. ¡Feliz 2021! 

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