Desde una galaxia muy lejana

Publicado en el Diari de Tarragona el 28 de enero de 2018


Una de las reacciones más habituales al vernos inmersos en una discusión irresoluble consiste en abrir el conflicto a nuevos actores para conseguir complicidades externas que respalden nuestra posición. Todos hemos contemplado o protagonizado alguna controversia entre amigos o familiares que ha terminado involucrando a terceros que sólo pasaban por allí. La pega de esta táctica es que frecuentemente estas víctimas de nuestra obcecación no tienen el menor interés por el asunto, y lo que es peor, carecen de conocimientos o experiencia para emitir un juicio fundado sobre el particular. Pero todo eso nos da igual: no buscamos su opinión sino su aval.

Algo parecido comienza a sucedernos a nivel político. Ante la constatación de que somos incapaces de ponemos de acuerdo sobre la forma de solucionar nuestros problemas domésticos, no tenemos mejor ocurrencia que airear las vergüenzas más allá de nuestra fronteras en busca de alguien que nos dé la razón. Algunos acuden a conferenciar en Copenhague, otros a pronunciar discursos en Davos, otros a dejarse entrevistar por cualquiera que quiera escucharles, otros a presionar a las cancillerías de medio mundo… Sospecho que ninguno de ellos recurre a estos foros para escuchar sino sólo para hablar de su libro. Atribuyen una autoridad moral incuestionable al exterior, pero destierran cualquier posibilidad de recibir desde allí un buen consejo para desbloquear nuestra encrucijada.


En cualquier caso, la obsesión de unos y otros por el factor internacional demuestra la relevancia que tendrá este ámbito de cara al futuro. Sin embargo, esta estrategia, como casi todo en esta vida, tiene dos caras. Por un lado, no parece muy coherente despreciar una eventual contribución de alguien cuya postura nos parece relevante. Pero, al mismo tiempo, esta esquizofrenia demuestra una gran dosis de pragmatismo: recibir el refrendo de un icono internacional tiene un valor indudable, pero lo más probable es este actor no pueda comprender y valorar la controversia en toda su extensión y profundidad.


Lo novedoso de este fenómeno es que las complicidades externas que algunos buscan actualmente no siempre se encuentran a nivel gubernamental, sino a pie de calle. Efectivamente, los destinatarios de estas maniobras de estrategia mediática tienden a no ser los dirigentes de los países extranjeros sino sus respectivas opiniones públicas, a quienes se pretende embaucar por considerar que pueden ejercer una presión brutal sobre los primeros. Quizás sea ésta la causa que explique los cada vez más frecuentes sainetes políticos que estamos padeciendo, cargados de un populismo absolutamente ramplón.

Si conectamos esta realidad con la tesis apuntada anteriormente, parece evidente que la distancia entre el valor fáctico y el sustancial de la opinión exterior se dispara hasta límites siderales. En ese sentido, las reflexiones que realice un agricultor de Nordstemmen sobre nuestras trifulcas no le importan absolutamente a nadie, pero es fundamental que este buen hombre simpatice con nuestra causa y se ponga de nuestro lado. O al menos que lo parezca. Si su gobierno llega a la conclusión de que el electorado que le vota congenia con un determinado movimiento foráneo, probablemente se vea obligado a mostrar externamente cierto afecto por el mismo, o al menos no se atreverá a criticarlo abiertamente. Es penoso pero inevitable en un sistema comandado por una clase política de ideología demoscópica.


Una vez constatado el peso que tendrá la posición de la comunidad internacional en la resolución de nuestros problemas internos, y la creciente influencia de la opinión pública en la conformación de esta postura, inquieta concluir que nuestro futuro quizás dependa de que el relato de unos u otros consiga conquistar el corazón de una gente lejana que apenas sabe nada sobre nosotros. ¿Qué influencia puede tener la opinión de un “redneck” de Oklahoma en nuestro horizonte político?

Puede sonar trivial, pero teniendo en cuenta que la mayoría de los ciudadanos actuales nos informamos fundamentalmente a través de la caja tonta, puede que la imagen que las producciones televisivas ofrecen sobre España sirva para hacernos una idea de su verdadero conocimiento sobre nuestra realidad. Me viene a la cabeza un inolvidable episodio de Mc Giver que mostraba a los miembros de ETA como unos velludos montañeros con boina que vivían en los bosques y atacaban a los extranjeros emitiendo alaridos tribales. Tampoco se quedaron cortos los responsables de Misión Imposible II, recreando una celebración española con unos mozos sanfermineros y unas jóvenes falleras que portaban unos pasos de Semana Santa a los que después prendían fuego. Hace apenas un año, los investigadores de Mentes Criminales acudían precisamente a las fiestas pamplonicas (ambientadas en una especie de poblado mejicano, atestado de banderas españolas) para detener a un asesino en serie que hacía desaparecer los cadáveres dándoselos de comer a sus toros bravos.


Sin duda, son muchos los occidentales con un conocimiento sólido y profundo de la realidad política internacional, un factor que les vacuna contra la propaganda de unos y otros. Sin embargo, dudo que esta apreciación pueda aplicarse a muchos de sus paisanos, una masa electoral de dudoso criterio que ha adquirido últimamente un poder imparable (pensemos en el triunfo del Brexit o en la victoria de Trump). La pregunta es evidente: ¿hasta qué punto puede afectar a nuestro futuro la poco formada opinión de unos tipos que nos observan desde una galaxia muy lejana como un país plagado de terroristas neanderthales, vírgenes carbonizadas y rumiantes antropófagos? Me temo que más de lo que nos gustaría.

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