Algo viejo, algo nuevo, algo prestado y algo azul

Publicado en el Diari de Tarragona el 24 de diciembre de 2017


El pasado jueves, pasadas ya las siete de la tarde, acudí a mi colegio electoral para emitir mi voto. Llegado el momento de depositar la papeleta en la urna, el presidente de la mesa me pidió amablemente que la introdujese en sentido horizontal porque de lo contrario podía atascarse. En efecto, la montaña de sobres había alcanzado tal volumen que la parte superior casi rozaba el techo de metacrilato. Parecía evidente que estábamos asistiendo a unos comicios masivos. Apenas una hora y media después, los datos oficiales confirmaban un récord de participación, lo que venía a demostrar la abrumadora implicación de la sociedad catalana en unas elecciones que se antojaban cruciales.

Si me permiten el paralelismo, puede que los resultados de estos comicios puedan analizarse siguiendo una conocida tradición nupcial. Efectivamente, una observación pormenorizada del escrutinio permite detectar algo viejo (la correlación numérica de fuerzas permanece sustancialmente intacta), algo nuevo (el significado actual de esas cifras no es el mismo que hace un par de meses), algo prestado (la concentración de voto unionista en Ciudadanos probablemente sea temporal) y algo azul (el partido de Rajoy ha sufrido una debacle colosal que merece un capítulo aparte).

LO VIEJO
A pesar de la apasionante noche electoral que vivimos el pasado jueves, lo cierto es que esta efervescencia parece más vinculada a las expectativas creadas a nivel demoscópico que a un cambio sustancial en el reparto de escaños: el independentismo ha vuelto a lograr el control del Parlament pese a no contar con la mayoría de votos, los exconvergentes de Puigdemont conservarán el timón del bloque correspondiente, la CUP continúa siendo necesaria para reeditar un ejecutivo netamente secesionista, Ciudadanos mantendrá el liderazgo del sector unionista a costa de un PP progresivamente marginal, el PSC no recupera la tracción electoral suficiente para reconquistar su antiguo protagonismo, los comunes continuarán nadando en el mar de la irrelevancia… Más de lo mismo.

LO NUEVO
Aunque el independentismo ha logrado un porcentaje de voto similar a las anteriores elecciones, esta nueva mayoría absoluta parlamentaria ha tenido un ardor épico mucho más acusado por dos motivos: primero, por el contexto de guerra abierta contra el ejecutivo central (la derrota del enemigo es más sabrosa que la de un mero adversario) y segundo, por la sensación de agotamiento que sufría este movimiento hace apenas un par de meses (el hecho de tener en Bruselas y Estremera a sus cabezas de cartel, lejos de significar un hándicap estratégico, se ha convertido en verdadero combustible electoral). La duda que se cierne ahora sobre nuestro inminente futuro institucional es saber si el PDeCAT y ERC han tomado nota sobre los infaustos efectos colectivos de la unilateralidad, o si mantendrán el irresponsable rumbo hacia el desastre para asegurarse el respaldo de la CUP.

LO PRESTADO
La trabajada victoria de Inés Arrimadas puede considerarse un hecho histórico, pues jamás una fuerza españolista había vencido en unas elecciones catalanas. Sin embargo, cabe la posibilidad de que esta irrupción sea flor de un día. En efecto, el partido naranja no ha logrado mover un solo punto el equilibrio entre bloques, sino que se ha alimentado de las formaciones colindantes gracias al discurso del voto útil, un recurso electoral tan eficaz como volátil. En este sentido, su resultado no puede interpretarse en modo alguno como un éxito del unionismo, pues sus papeletas no han sido conquistadas al independentismo, sino que sólo han sido provisional e involuntariamente prestadas por el PSC (les recomiendo echar un vistazo a los resultados electorales en los barrios tarraconenses de Ponent, tradicional feudo socialista) y sobre todo por el PP (cuyo monumental batacazo será recordado durante décadas).

LO AZUL
Efectivamente, el partido de Rajoy entrará por la puerta grande en los anales del ridículo electoral tras convocar unos comicios en los que apenas ha obtenido el 2% de los escaños en liza. Esta semana los populares han protagonizado un siniestro total en su colisión contra las urnas, pasando del 155 al 112 sin solución de continuidad. Se trata de un descalabro en toda regla que no sólo afectará a los intereses partidistas del PP, sino también a la apariencia simbólica del conflicto institucional: a partir de ahora el gobierno catalán tendrá frente a sí a un ejecutivo de una formación prácticamente inexistente en Catalunya, aumentando la sensación dicotómica ellos/nosotros. Aunque se trata de una contraposición falsaria (entre “nosotros” hay muchos que comparten básicamente la tesis esencial de “ellos”) lo que cuenta aquí y ahora es la capacidad cautivadora del relato, y si algo ha quedado meridianamente claro durante los últimos años es que el independentismo es un narrador mucho más competente y espabilado que el unionismo.

Cuando superemos la conmoción inicial (eufórica para unos y desoladora para otros) habrá que nombrar a un nuevo President, y puede que las cosas no sean tan sencillas como puede parecerlo a simple vista. ¿Abandonará Puigdemont su refugio belga, sabiendo que los tribunales españoles le esperan para juzgarlo por delitos gravísimos? ¿Cabe la posibilidad de que el empecinamiento unilateralista de la CUP choque con el supuesto giro pactista de republicanos y exconvergentes? ¿Qué hay de cierto en los rumores sobre la presunta intención cupaire de evitar el Parc de la Ciutadella durante los próximos meses?

Todo apunta a que seguiremos dilapidando el tiempo en discusiones alejadas de los problemas reales de la ciudadanía, con las instituciones en parálisis indefinida y la economía crecientemente resentida por una incertidumbre cronificada. ¿Absurdo? Probablemente, pero es lo que hemos querido.

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