No quieren ganar
Publicado en el Diari de Tarragona el 14 de junio de 2015
Los meses pasan y nadie parece capaz de frenar el avance del Estado Islámico. Los fundamentalistas consolidan cada semana nuevas posiciones, mientras sus adversarios se baten en retirada ante la mirada atónita de la población occidental. Durante el pasado mes de mayo, los esbirros de Abu Bakr al-Baghdadi lograron afianzar su dominio sobre el 50% del territorio sirio. En este contexto, los medios de comunicación han decidido priorizar lo llamativo sobre lo relevante, un criterio que se ha traducido en un seguimiento espasmódico de la guerra. De ahí la amplia repercusión que generó la caída de Palmira, por ser uno de los conjuntos arqueológicos más conocidos de la zona. Por el contrario, apenas recibimos ya informaciones sobre las penosas condiciones en que viven las víctimas de estos bárbaros. Ya no es noticia.
El pasado mes de abril Zainab Bangura visitó la zona de combate, lo que nos permitió conocer de primera mano la situación sobre el terreno. Esta activista de Sierra Leona (musulmana, por cierto) fue nombrada en septiembre de 2012 representante especial de la ONU para la lucha contra la violencia sexual en los conflictos. Su relato es aterrador.
Tal y como se sospechaba, una de las primeras medidas que toma el ISIS cuando conquista una nueva ciudad es apresar a las mujeres del colectivo sometido. "Las cogen, las encierran en una habitación, las desnudan, las lavan" y después deciden "cuáles valen la pena". Su objetivo es doble: por un lado, utilizarlas como cebo para atraer a posibles combatientes venidos de todo el planeta (como dice Bangura, “tenemos mujeres vírgenes esperándoos") y por otro, aprovisionar los diferentes mercados de esclavas sexuales que el Estado Islámico tiene distribuidos por todo su territorio para financiar la guerra.
Al igual que sucediera durante los peores años del exterminio nazi, cuando la maldad supera determinado umbral cuantitativo se convierte en un proceso casi industrial. Como botón de muestra, el Estado Islámico ha establecido una tabla con los precios de referencia para regular este mercado brutal: las más caras son las jóvenes (105,00€ al cambio) y las menores de diez años (140,00€ cada una), muy por encima del precio de una mujer mayor de cuarenta años (35,00€ aproximadamente). Estas monstruosidades están ocurriendo en estos mismos momentos a apenas un par de horas de avión de la Unión Europea.
Los occidentales estamos aceptando con indolencia la pasividad gubernamental ante el horror, pese a conocer perfectamente las violaciones, mutilaciones y ejecuciones que se perpetran a diario en esas tierras. Revisando algunas cifras, es fácil comparar la ridícula ayuda militar que actualmente proporciona la coalición internacional, frente al descomunal despliegue que puso en marcha el falsario trío de las Azores hace algo más de una década. El presupuesto diario del ejército norteamericano en su lucha contra el ISIS es un 98,4% menor al de la Guerra del Golfo. Sólo así se entiende que quienes derrotaron en unos pocos días a Sadam Hussein se muestren ahora impotentes para detener al Estado Islámico. Lo que ha perdido Occidente no es capacidad sino determinación, un cambio de actitud multicausal sobre el que desearía destacar tres factores principales.
En primer lugar, Obama. A diferencia de su belicoso predecesor, el presidente demócrata se ha caracterizado desde el inicio de su mandato por una llamativa inacción exterior. Esta estrategia resulta genéricamente plausible (EEUU ha dejado de incentivar escaladas bélicas por motivos habitualmente oscuros) pero tiene también un reverso negativo: su indiferencia hacia todo aquello que sucede más allá de sus fronteras. Con la cárcel de Guantánamo aún abierta es difícil atribuir esta contención a las supuestas convicciones pacifistas y humanitarias del Presidente. Más bien, lo que probablemente esté sucediendo es que la política exterior norteamericana ha retomado su tradicional sendero aislacionista. Resumiendo: que cada uno se ocupe de lo suyo.
Por otro lado, la crisis. Frente a la prosperidad que caracterizó el cambio de milenio en Europa, la actual economía comunitaria padece un resfriado monumental. Los gobiernos nacionales apenas dan abasto para financiar el estado del bienestar y los recortes de todo tipo copan nuestras agendas políticas. En este contexto, es probable que nuestros dirigentes sospechen que una costosa operación militar sería mal recibida por sus administrados. En el fondo, intuyen que los europeos preferimos abandonar a su suerte a aquellos cristianos y yazidíes antes que asumir mayores privaciones domésticas. Resumiendo: cuando volvamos a ser ricos ya les ayudaremos.
Y por último, el miedo. La guerra de Irak nunca se entendió como una ofensiva contra el islamismo. Más bien todo lo contrario, como se ha comprobado con el paso del tiempo. La ideología de Sadam Hussein distaba tanto del fundamentalismo que incluso nombró Ministro de Asuntos Exteriores a un católico caldeo como Tarek Aziz. Por el contrario, el ISIS está siendo observado por los sectores más extremistas del islamismo radical como un icono de la yihad. En ese sentido, es posible que nuestros gobernantes no se hayan atrevido a lanzar un ataque contundente y definitivo contra el Estado Islámico, previendo que nuestras ciudades pudieran terminar convertidas en un apocalíptico campo de batalla para terroristas suicidas. Resumiendo: que se maten entre ellos.
En definitiva, todo parece indicar que las recurrentes derrotas de la coalición internacional poco tienen que ver con la capacidad militar del ISIS, sino con un desinterés manifiesto de occidente por barrer del mapa a estos salvajes. Geoestrategia, limitaciones financieras, seguridad interior… No veamos fatalidad donde sólo hay egoísmo y cobardía. Dejen ya de decirnos que no pueden vencer: no quieren vencer.
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