Un nuevo teatro


Publicado en el Diari de Tarragona el 16 de diciembre de 2012


La noche del pasado martes, después de varios años de impaciente espera, nuestra ciudad vio por fin culminado uno de sus proyectos más anhelados: la inauguración del nuevo Teatre Tarragona. Este equipamiento de nueva planta, situado en plena Rambla Nova, permitirá la celebración de actos hasta ahora vedados a los sufridos ciudadanos de la capital. Setecientas butacas, foso orquestal, gran escenario, treinta camerinos… No es de extrañar que la apertura del recinto se haya celebrado a bombo y platillo, especialmente en una ciudad acostumbrada a ver demasiadas maquetas cubiertas de polvo y olvido. Atrás quedó una larga travesía plagada de frustraciones, parones en las obras, problemas con los terrenos, quiebras de constructoras… Este interminable y tortuoso sendero, unido a la tradicional parsimonia local a la hora de afrontar nuestros grandes retos, ha provocado que hayamos asistido a una inauguración llamativamente anticíclica, cuando ninguna administración pública se atreve a dedicar un solo euro a infraestructuras culturales: Tarragona is different. En cualquier caso, y pese a que aún no he podido disfrutar del magnífico edificio de Xavier Climent, celebro que por fin contemos con este nuevo templo de la música, el teatro y la danza. Así se completará (junto con el teatro Metropol, el Palau de Congressos, el auditorio CX, la Sala Trono, el Camp de Mart y el Tarraco Arena Plaza) una polivalente oferta para las artes escénicas que permitirá la celebración de todo tipo de eventos en nuestra ciudad. Fantástico. ¿Y ahora qué?

En los tiempos que corren, parece evidente que no será fácil diseñar un programa musical y teatral a la altura de las expectativas que se han generado. Hasta que la tormenta económica escampe, va a ser complicado lograr que el contenido haga honor al continente. Son éstas las circunstancias que ponen a prueba la valía de los buenos gestores, pues cuando sobra el dinero hasta el más tonto es capaz de lo más grande. Llegados a este punto, deberíamos prevenir a los responsables de cultura del ayuntamiento para que no se dejen arrastrar por dos peligrosas tentaciones.

En primer lugar, cabe la posibilidad de que los fuegos artificiales del pasado martes deslumbren a nuestros gobernantes hasta el punto de perder la noción de la realidad. Somos una ciudad pequeña, con unos recursos limitadísimos, y aspirar a determinadas propuestas de relumbrón puede comprometer seriamente el conjunto del presupuesto destinado a estas actividades. Para favorecer la consolidación de un soporte social a nuestro tejido cultural es indispensable establecer un calendario que permita a los ciudadanos convertir su visita al teatro en un acto de enriquecimiento personal ordinario, un objetivo imposible de lograr con cuatro destellos espectaculares que sólo sirven para colocarse medallas políticas y contentar a los sectores más pudientes de la ciudad. Recordemos la polémica visita al teatro Metropol de mi admirado John Malkovich, cuyo astronómico caché fundió los plomos del consistorio en un oscuro episodio de opacidad informativa. No, señores: no es tiempo de fantasmadas, y menos en una ciudad que está viendo recortados sustancialmente los recursos económicos destinados al aprendizaje musical de nuestros pequeños, el verdadero pulmón artístico de Tarragona, capaz de garantizar una rica vida cultural en el futuro.

Por otro lado, en el extremo contrario, puede que nuestros gestores municipales opten por diseñar un interminable programa de actos de calidad notoriamente cuestionable, estrategia que se ha repetido en algunas ediciones de las fiestas de Santa Tecla con cientos y cientos de eventos cuyo nivel medio, salvando honrosas excepciones, es mejor no comentar. No, señores: tampoco se trata de llenar por llenar el escenario de nuestros teatros con cualquier cosa, como si se tratara de una feria ambulante, sino de ofrecer propuestas artísticas dignas de un equipamiento como el que esta semana hemos inaugurado. Buscamos elevar el perfil cultural de la ciudad, no batir un record Guinness.

Como decía Aristóteles, en el justo medio se halla la virtud, y en la medida en que se logre el equilibrio entre cantidad y calidad, podremos afirmar que el teatro Tarragona habrá logrado el propósito para el que fue concebido. Los responsables culturales del ayuntamiento deberán realizar un notable esfuerzo de imaginación, que todos agradeceremos, para diseñar un programa artísticamente valioso, popularmente atractivo, temporalmente regular, y económicamente viable. Nadie dice que sea sencillo, pero tampoco hemos confiado a nuestros gobernantes la representación de nuestra ciudad para que se conformen con hacer lo que está al alcance de cualquiera. Puede que una forma de complementar las propuestas de intérpretes consagrados requiera poner en valor la proyección de nuestra propia cantera de artistas, tomando como ejemplo las sociedades que más valoran este tipo de educación para sus hijos, y donde este recurso humano se despliega más allá del propio ámbito académico, abriéndose a la sociedad para ser disfrutado por toda la ciudadanía de forma habitual. El éxito abrumador del último concierto de la Orquesta del Conservatorio en el Palau de Congressos nos permite intuir las posibilidades que esta vía abre ante nuestros ojos.

El reto es complicado pero las posibilidades son infinitas. Ya tenemos el teatro, celebrémoslo, pero ahora debemos darle vida y convertirlo en un motor cultural para Tarragona. Aunque no lo parezca, lo más difícil está por hacer.

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